«Los verdaderos maestros no dejan huella. Son como el viento de la noche que atraviesa y cambia por completo al discípulo sin por ello alterar nada, ni siquiera sus mayores debilidades: arrastra todas las ideas que tenía sobre sí mismo y lo deja como siempre ha sido, desde el principio.»

Peter Kingsley, En los oscuros lugares del saber

martes, 13 de abril de 2010

Ajo y café

Por las mañanas, antes de desayunar, me tomo medio diente de ajo, o uno entero si no es muy grande. También tomo café. Eso sí, no demasiado. La norma suele ser alrededor de cinco a la semana. Estos referentes, me temo, me sitúan entre los yoguis heterodoxos y transgresores.

Y es que tanto el café como el ajo figuran en la lista de alimentos que se desaconsejan para todo buen yogui que se precie, el primero por rajásico (excitante) y el segundo por tamásico (paralizante).

Sin embargo, yo no le hago demasiado caso ni a esas antiguas clasificaciones ni a la famosa doctrina de los gunas. Sencillamente no creo que comer ajo y tomar café nos haga menos espirituales ni nos aleje de la pureza sátvica que tanto proclaman los puristas de esta tradición.

En mi opinión, tanto la teoría de los gunas como muchas otras cosas relacionadas con el yoga necesitan ser revisadas para que hoy día tengan alguna credibilidad y puedan adaptarse a los nuevos tiempos. Porque si sólo admitimos como válidos los alimentos sátvicos, ¿cómo podemos entender a Krishna en el Gita?: Si el alma supera los tres modos de ser de la naturaleza [los tres gunas, no sólo tamas y rajas], no estará sujeta al nacimiento, a la muerte, a la vejez y al dolor, y, por el contrario, alcanzará la inmortalidad.

Así pues, soy un yogui tamasizado y rajasizado. Espero que eso no me impida reconocer el resplandor de la divinidad en los torbellinos del samsara, aunque tenga el sabor del ajo y el aroma del café.

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